domingo, 1 de febrero de 2015

01.02.2015... Tac, tic, tac, tic: NO Podemos!

 Que el día amanezca soleado, aunque frío y ventoso, genera más paciencia a la hora de repasar los titulares de prensa.
Prácticamente todos los medios de comunicación de hoy nos entregan sus reportajes gráficos, opiniones y reflexiones sobre el encuentro/mitin de ayer, en el centro de Madrid, de la organización política Podemos.

Más allá de los datos que unos u otros ofrecen sobre el número de participantes, entre los 100.000 de unos a los 300.000 de otros, lo cierto es que el aforo estaba completo y repleto de ese color morado envuelto en banderas republicanas. Curiosamente ninguna española.


Gentes variopintas, jóvenes y mayores, emocionados y enamorados de un mensaje 'revolucionario': echar al que está. ¿Por qué? Porque sí. Y lo que le critico al que está, me vale a mi. ¿Por qué? Porque yo no soy él, no soy 'casta'.

Llevo algún tiempo reflexionando, incluso discutiendo (entiendase, en positivo), sobre los peligros que se avecinaban por ningunear, o subestimar, a este movimiento que surge algo antes de las elecciones europeas, apoyado por diferentes medios de comunicación, a los que hacía cierta 'gracia' la palabrería antisistema de sus ahora dirigentes, y aplaudidos, también, por personajes de renombre social e, incluso, por algún que otro dirigente político que ahora se arrepiente.

Una sociedad rota por la crisis, sin grandes expectativas de futuro entre sus jóvenes, sin referentes ni creencias sólidas, con los valores por los suelos, que negativiza el esfuerzo y da la espalda a una clase política a la que culpan de todos sus males, es la tierra de cultivo perfecta para la aparición de gurús y mesías de palabra fácil, profetas de nada y todo, pero que, en un mundo totalmente digitalizado, son capaces de aprovecharlo para convertirse en líderes de masas.

Sin programas ni propuestas, sólo con retóricas abstractas o sueños idealistas y utópicos que esconden las bases de un radicalismo profundo, consiguen pellizcar emocionalmente ya, ahora, a millones de personas.

Han conseguido, como un fenómeno emocional potente, que parte de la sociedad se enamore.

Cuántas y cuántos nos hemos enamorado ciegamente, de esa o ese al que veíamos perfecto, pero era vízco y feo. Esa de la que todos nuestros amigos nos decían que era la más alegre y abierta del pueblo, manoseada por unos y otros, pero para nosotros era la pureza virginal personificada. Amor ciego. Cuanto más te decían de él o de ella más ciego estabas. 
Hipnotizados, emocionados, ajenos a las críticas o evidencias. 

Hasta que te dabas el batacazo y abrías los ojos. Era tarde, pero terminabas por abrirlos.

Pero aquí no estamos hablando de enamoramientos físicos o descalabros amorosos. Aquí el descalabro puede ser global, social e institucional.

Vivimos en una sociedad integrada por millones de personas inteligentes, pero cada día dudo más de que seamos una sociedad inteligente.

Nos dejamos llevar por lo primero que asoma, sin pensar. No nos damos cuenta que las modas pasan. Pero las modas, en política, con la responsabilidad que suponen, pueden provocar desastres irreparables.

Estoy preocupado. Llevo preocupado algún tiempo. Los que me conocen saben que me gusta la política, defiendo la labor política y creo en la política. He dedicado parte de mi vida a la política activa y, con mis errores y aciertos, siempre he tratado, allá dónde he estado (en las trincheras de la oposición o en el gobierno), servir a los ciudadanos de la mejor manera que he podido. Jamás he pensado en otra cosa. Y así defenderé siempre que lo hace la gran mayoría de mujeres y hombres que ostentan responsabilidades políticas, de un color u otro.

Ahora que nuestro país ha pasado por momentos históricos que nos han hecho tambalear, ahora que hemos superado una y otra embestida y que parece vamos cogiendo ritmo de nuevo, ahora, en este momento, aparecen estos líderes virtuales con verborrea emoticonal.



Y es que siempre ha sido fácil criticar sin mojarse. Siempre ha sido fácil, desde la comodidad, desde el "esto no va conmigo" o el "que a mi me lo den todo hecho" exigir responsabilidades al resto, pero que el resto no me las exija a mi.

Es curioso que estos caducos disfrazados de jóvenes progres y modernos, se arropen del pasado  como bandera. Esconden en su interior las máximas bolcheviques, el humeante leninismo o las doctrinas bolivarianas.

Verdulean con soflamas oscuras y catastrofistas buscando agrupar y utilizar la sensibilidad de los más desfavorecidos o necesitados. Lo hacen desde la comodidad. Sus estructuras orgánicas comienzan a llenarse de aquellos que sólo han vivido, y viven, del esfuerzo de los demás.

Son todos esos que buscan el todo gratis porque jamás en su vida se han esforzado por nada ni para nada. Se lo han dado todo hecho. Para el esfuerzo ya estaban sus padres.

Son esos que critican al empresario y al emprendedor porque defienden el estado de subvención y complacencia.

No quieren pagar impuestos pero sí que el resto, los demás, esos otros que sí se hayan esforzado y sacrificado, les paguen sus caprichos.

Critican la seguridad pero quieren vivir una libertad segura.

Parece que en España nos tomamos demasiadas cosas a cachondeo, cuando realmente son muy serias. ¿Verdad?



Pero es que ¿alguién se puede imaginar a este chaval 'descamisao', con su respetable coleta, recibiendo en La Moncloa, junto a su guardia pretoriana, también descamisada, a otros líderes o dirigentes mundiales? Yo no puedo imaginármelo aunque, cierto es que tal vez me equivoque en la vestimenta o uniforme, porque en vez de descamisado lo haría en chandal, tipo Castro o Maduro, exhibiendo estrellas en el pecho colorido por una escarpela con las sombras del Che o Lenin. 

O, por otro lado, ¿se imagina alguien  a uno de estos que se orina en las botas de los funcionarios de los cuerpos de seguridad del estado, y que ahora engrosan las filas de este movimiento,  de Director General de la Policía o la Guardia Civil? ¿Se lo pueden imaginar?

¿Y de Ministro de Educación o de Industría o Fomento?

¿Es esto lo que queremos para nuestro país?

Es que ahora parece que no ha costado nada llegar hasta aquí, que nada vale. Ahora parece que ese camino recorrido con sufrimiento de muchos, de nuestros padres y abuelos, no vale nada.
Ha costado llegar hasta aquí, y mucho.

Y por eso creo más que nunca que es momento de defender España, de defender lo nuestro en memoria de todos aquellos que con esfuerzo, sudor, lágrimas e incluso sangre, han conseguido que nosotros, esta generación nuestra, esté dónde está y vivamos como vivamos. 

Defender España con valores y principios. Los nuestros. Los que nos han traído aquí.

Nuestros padres y abuelos fueron generosos. Trabajaron sin descanso, sin queja, para instaurar y defender este sistema democrático que vivimos y disfrutamos. Cómo hicieron pasar la página de una dictadura y se consiguió escribir una Constitución que nos ha unido por encima de diferencias de cualquier tipo. Consiguieron una sociedad de bienestar que ha permitido que, a día de hoy, todos los ciudadanos disfruten de unos derechos básicos que nadie cuestiona. 

Es verdad, no todo ha sido positivo. Algún error se ha cometido, algún desajuste ha habido y siempre quedará más por hacer. Pero no podemos resaltar lo poco negativo frente a lo mucho positivo que tenemos y debemos poner en valor. Porque es nuestro valor, nuestra esencia.

Estos que critican todo. Estos interesados en que la tormenta no pase nunca. Estos que no se cansan de llamar 'casta' a todos aquellos que han trabajado para conseguir que, entre otras cosas, ellos pudieran estudiar en colegios, institutos y universidades públicas. Estos defienden gobiernos como el venezolano o cubano, dictatoriales, y aplauden a movimientos que alientan el terrorismo. 
Estos quieren gobernar, ahora, España.

Tal vez las grandes organizaciones políticas de este país, sobre todo el PP y el PSOE, se hayan dedicado más en los últimos tiempos a mirarse el ombligo que a palpar, tocar, sentir a los ciudadanos. 

¿Nos hemos separado de los ciudadanos, de los vecinos? Yo creo que no, todo lo contrario, pero nos hemos alejado de sus corazones. No les hemos tocado, abrazado en los momentos complicados, en esos en los que estaban sufriendo dramas. Nos hemos preocupado más por buscar las soluciones, a veces desagradables, que por escucharles más. 
Hemos creído que no hacía falta atenderles de cerca porque parecían siempre ajenos a todo. No les hemos inspirado emoción y por eso no hemos sido capaces de hacerles partícipes de una labor común, que era la de sacar a España de la Unidad de Cuidados Intensivos en la que se encontraba. Y ahora que está fuera, ahora que ha salido del hospital por su propio pie, no quieren verlo.

Pero aunque no lo quieran ver, aunque a algunos les interese no verlo, España ha vuelto a coger el ritmo gracias al sacrificio y esfuerzo de todos. 

España crece, España crea empleo, España es fuerte y no podemos volver a debilitarla. El desastre podría ser de una magnitud impensable.

Pongamos en valor lo nuestro, que es mucho. No permitamos que unos pocos 'antitodo' quieran romper con todo. No es casual que ayer no hubiese por las calles del centro de Madrid ni una sola bandera constitucional de España. No creen en la Constitución Española.

Apelo a la emoción, a la emoción de creer. Debemos creer y poner en valor lo que somos. Arrinconar a los que se han aprovechado de lo público para lo personal. Ahí está la justicia para ello y lo está haciendo.

Defendamos los valores que nos han hecho grandes. Nuestra Constitución, que nos ha hecho superar viejas divisiones y unirnos. Reformemos y modifiquemos lo que sea necesario para dar un paso más en nuestra sociedad. Pero no demos pasos atrás innecesarios de los que luego tengamos que arrepentirnos, cuando no haya remedio.

Miremos a nuestros hijos como nuestros padres nos miraban a nosotros.

En estos momentos la mayoría política tiene una gran responsabilidad. He tratado de no criticar, ni hacer ninguna valoración, de ninguno de los dos partidos mayoritarios españoles. Cada uno tiene su opinión y es respetable. Tal vez otro de los errores cometidos es que los ciudadanos no nos hayan visto unidos en más momentos. Tal vez este deba ser uno de ellos.

Creo en España y creo en los españoles, que somos todos.

No podemos perder lo que somos: una democracia fuerte, un país que crece y avanza.

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