domingo, 7 de diciembre de 2014

07.12.2014... Lo mágico es lo simple...



Momentos mágicos los encontramos cuando menos lo esperamos. Con el paso de los años nos conformamos con pocos de esos momentos, nos es difícil encontrar porque parece hemos vivido todo o casi todo. Pero no hemos vivido nada o casi nada. O no hemos vivido lo importante.

En mi caso últimamente encuentro momentos mágicos en pocos lugares y con poca cosa. Normalmente, desde hace no mucho, esos momentos los vivo en Minaya. Casualmente con lo sencillo, con los instantes que posiblemente, para otros, puedan resultar una estupidez. 

Hacía tiempo que no veníamos. El frío, los deberes del curso de A, responsabilidades y compromisos, hacen que estas fechas alarguemos más nuestros viajes. Y eso hace que el deseo sea mayor, mucho mayor.

El campo, la familia, los libros, el anochecer y el amanecer, la chimenea, el olor a leña, la paz y tranquilidad que ofrece Minaya, lo convierte en un lugar dónde la magia brilla y brota en cada rincón. Es verdad, tal vez sea ese cariño de raíz, ese sentir nostalgia que con los años se agudiza más, ese disfrutar de mucho más tiempo con los míos, ese respirar oxígeno de máxima pureza que consigue, por momentos, que te duelan los pulmones de tan puro que es. No sé que puede ser, pero creo que aquí encuentro, verdaderamente, esa tranquilidad que necesito y que sirve para desintoxicarme mentalmente del ajetreo del mes.



No he hecho nada. Cuando digo nada, es nada. Ni siquiera he salido a hacer deporte: el viento frío no acompaña. Es verdad que por momentos me remueve la conciencia el faltar a mis citas running pero, qué leche, tampoco puedo estar siempre obligándome y perdiendo otro tipo de momentos que también importan. Cierto es que dos días aquí, acompañado de la cocina de mi madre, supone un incremento calórico y de  kilos importante. Todo no se puede tener y en todo o se puede estar.

Ayer tarde marché a ver cómo se ponía el sol. Esto es un ritual. No me canso de decir que los cielos aquí se inundan de ese fuego que los convierte en una sinfonía de colores sobre el campo. Y lo primero que hice al despertar y levantar fue volver a mirar ese cielo azul, esta vez bañado de una inmensa luna llena que simplemente me avisa de que el Eterno de regala un nuevo día que disfrutar. 

Y así pasa el fin de semana anunciándonos que pronto llegamos a la navidad, a esas fechas que entrañan fraternidad y nos predisponen a un nuevo año. Y así los días, los años, la vida. Así más canas nosotros y él creciendo y buscando su camino.

Ni deporte ni mucha lectura; familia, campo y recuerdos. Suficiente. Vivimos.



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