miércoles, 8 de octubre de 2014

'La necesidad de Escribir' por Ángel Gabilondo...



Escribir es también activar la capacidad de sentir y de pensar. Frente a la pasiva recepción acrítica, se requiere asimismo la hospitalidad que precisa la lectura. En ocasiones es más interesante esta capacidad que leer una cantidad ingente de textos. Es más determinante leer despacio, demorarse, desafiarse con encrucijadas en espacios de deliberación, en ámbitos de lo discutible, que tratar de zanjar de una vez por todas nuestras incertidumbres. Se trata por tanto de promover, en cualquiera de los formatos, esta actitud, la del asombro y la búsqueda, que es la de la indagación activa. Entonces, es otra la distracción, no la de una propuesta de desconsideración o de desatención. Y esa demora se propicia singularmente con la escritura.

La tarea de escribir, de deambular, de merodear y de permanecer entre palabras que buscamos y nos buscan es una extraordinaria manera de amar la lectura. Así como hay textos que sencillamente despiertan nuestro interés de escribir, escribir es un modo extraordinario de alentar la curiosidad, incluso la necesidad de leer. También a mano, desde la infancia, en los primeros titubeos de relación con las palabras, con la palabra, en la primera juventud, ha de estimularse la escritura, este modo de ser lector de un libro aún no escrito. Quizá en eso consista un escritor, en ser ese inaugural lector. Como leer es asimismo reescribir, esto es, ser el más reciente autor.

Semejante ejercicio físico, tan del espíritu, tamaña disciplina, tan libre y creativa, la disposición del cuerpo y del ánimo y el vérselas con uno mismo y nuestra voluntad de decir son una verdadera escuela, la de un vivir no apegado simplemente a lo que ya sucede. Escribir es un acto liberador. A la par conlleva un esfuerzo exigente, que requiere cuidado, atención pormenorizada, sensibilidad e inteligencia. Por ello, en general nos supera y nos desborda. Y por eso supone sentirse y reconocerse en cierto modo desplazado por la maravilla de un quehacer que es más que nuestra intervención. Escribir es hacer la experiencia de hasta qué punto no sabemos hacerlo. Y ello es decisivo para la sencillez de un permanente aprender. De ahí la admiración profunda y el estímulo que suponen ciertos textos, muy singularmente los de aquellos que son en verdad escritores, cuya vida es un modo de oficiar su extraordinario don, eso sí, labrado minuciosamente en cada línea, en cada palabra, en cada ocasión.

Quizá, la práctica diaria, siquiera breve, de esta acción, que es asimismo una acción de pensamiento, nos ofrezca desafíos y alternativas a la mera ocupación en asuntos que no siempre propician nuestra recreación. Y tal vez, incluso tomar unas notas de lo leído sea una forma de releerlo y de iniciar así otra inesperada escritura. Y de procurarnos emociones y de abrirnos perspectivas que no fructifican sino en este gesto de transformación, concreto e impecable, que es escribir.





En cada texto late aún el balbuceo incipiente de aquella primera ocasión. Prácticamente siempre, cada vez supone empezar a escribir. Nunca dejamos de comenzar a hacerlo. Y este ascenso a los principios es un camino a lo más originario y sencillo, una suerte de inocencia sin embargo no despoblada de cuanto ya somos, sabemos y podemos. No es una pureza inaugural, sino el asombro de lo que no cesa de comenzar. Por ello, tantas veces, no parecemos movernos de un mismo lugar, porque no es de un lugar de lo que se trata.

Por ello, quizá, sin este origen despoblado de palabras, las nuestras proceden de cuanto se viene diciendo y se inscriben en lo dicho. Más aún, en su decir. Eso requiere una suerte de escucha, la que es capaz de atender lo que nos hace escribir. Y nada lo muestra mejor que la lectura, ese modo de consideración que nos llama a la escritura. Tal vez incluso nos urge a hacerlo. Hay textos que nos conducen no solo ni tanto a otras lecturas cuanto sencillamente a escribir.

Acompañar los primeros pasos de la escritura comporta la generosidad de crear las condiciones que alumbren una necesidad. Poco a poco esta se abre paso en una tarea cuidada, pormenorizada, en la que no es suficiente la transcripción y se convoca a imaginar, a desear, a soñar, no menos que a analizar, a describir y a explicar. A la maravillosa contemplación de un niño leyendo le corresponde la no menos impactante y sorprendente de un niño escribiendo. En cierto modo, siempre que alguien lo hace destella esa imagen que aún nos deslumbra, en la que en cierto modo nos vemos quizás a nosotros mismos.


El gesto de escribir no se limita a deletrear, ni a someter la propia escritura al servicio de un mensaje, ni hace de ella mero instrumento o herramienta para la transmisión de lo ya dicho. No se desconsideran estas posibilidades, aunque más bien se precisa un acto de verdadera insurrección contra su reducción a un mero utensilio. Siquiera por la posibilidad de alumbrar otras vías, de provocar aspectos inusitados o de ofrecer mundos que desbordan los ya establecidos, la escritura esun desafío a lo imposible y, en cierta medida, un modo de comprometerlo. No ya de señalar los límites de lo posible sino a su vez, ante la arrogancia de lo imposible, una puesta en cuestión de su presunta omnipotencia.

Dada la sensata e imprescindible reiteración acerca de la importancia y la necesidad de leer, se hace imprescindible, precisamente desde esta misma apreciación, reivindicar la necesidad de escribir. Tal parecería que para algunos leer es un requisito, mientras que escribir es un medio. En una primera instancia ambos se verían al servicio de lo ya dicho y dado o, quizá, de lo que queremos transmitir, una serie de recursos para convertir todo, incluso los sentimientos o los afectos, en noticia.

Sin embargo, el enigma del lógos nos alcanza no menos que el enigma de la vida. Y no simplemente para sorprendernos, y menos aún para atemorizarnos. Nos es tan constitutivo que, en cierto modo, escribir es sentirse en un conflicto permanente, el de la escritura de sí. Prácticamente entonces el eros de la escritura forma parte hasta tal punto de nosotros mismos que, no en menor medida que otras maneras de esperar o de desear, nos permite respirar. Este modo singular de encuentro, que nos hace vislumbrar incluso lo que nunca podríamos atisbar, viene finalmente a ser una acción sencilla y necesaria, que no es monopolio ni privilegio de quien sea capaz de hacerlo con brillantez. Tal vez al escribir, también a mano, podríamos abrir a la par nuestro propio cuerpo más allá de lo convencional, hasta lograr nuevas incorporaciones. Entonces hablaríamos de otra comunicación, de otro encuentro, de otro páthos. Retorna la lectura. Vuelve el lector.


(Imágenes: Pinturas de Alfredas Jurevicius)

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