lunes, 6 de enero de 2014

Aquellos Reyes Magos...

10h. Día de ilusión para todos los niños y muchos mayores, pero sobre todo para todos esos niños que han tenido el privilegio de nacer en lugares y familias que hoy podrán permitirse, al menos, aunque tengan que quitárselo de otras cosas, un regalo bajo el árbol de Navidad o junto a la zapatilla. Sólo los niños consiguen que un día como hoy se llene de magia y felicidad. Sólo esas miradas infantiles, sensibles, sin maldad, consiguen llenar de belleza cada casa en un día como el de hoy.


Del día de mis Reyes Magos, de mi infancia, tengo vagos recuerdos pero entrañables todos. Era un privilegiado. Vivíamos en el sótano de la calle Sánchez Preciados número 65, que fue la primera casa que mi padre pudo comprar e ir pagando cuando llegó a Madrid. 
Era una casa pequeña pero agradable. Era el sótano, la casa que tenía el patio donde daban el resto de viviendas del portal, dónde asomaban y tendían todos los vecinos y donde todavía recuerdo mis primeros juegos.
El regalo de reyes que ahora me viene a la memoria, de aquél entonces, es el de un futbolista de plástico, de unos 40 centímetros, creo que llevaba puesta la equipación de España en aquel entonces y que al encenderlo (iba a pilas) lanzaba pequeños balones de plástico, con una patada seca, al igual que ahora las máquinas lanza pelotas de tenis. Creo que jugué con él, o él conmigo,  el tiempo que duró el día de Reyes y el fin de semana siguiente. Luego mi madre lo guardaba para que no se estropease, para no gastar las pilas -que luego se gastaban de no usarse-. Para ellos, en aquellos comienzos de su vida en Madrid, todo era un  esfuerzo. Nos lo sacaba muy de vez en cuando, los domingos o algún día como de esos premios que nos ganábamos por nuestro comportamiento. Así el juguete duraba tanto que al final siempre lo recuerdo nuevo.  Mi hermano y yo valorábamos mucho aquellos juguetes.  Mis padres nos enseñaron a valorarlos y cuidarlos. Ahora entiendo y agradezco aquel esfuerzo.
Recuerdo también alguna pistola de esas de pistones, algún coche dirigido por un mando conectado con un cable y, nunca olvido, el madelman que año a año me dejaban en casa de mis tíos Clemente y Resu. Tras la comida, ilusionados, montábamos en el 850 blanco de mis padres e íbamos a Leganés a ver si los Reyes habían dejado algo por allí. Siempre hubo algo, lo justo para hacernos vivir con ilusión ese día.
Entonces, recuerdo, la mañana de reyes las calles se llenaban de niños. Los padres nos sacaban a la calle con uno de esos juguetes para que jugásemos durante la mañana con otros pequeños que, como nosotros, enseñaban felices e ilusionados lo que su rey mago había tenido a bien dejarle en el cuarto de estar o el comedor de casa, a cambio de un mazapán, polvorón o un basito de leche Clesa. Era un barrio humilde, Tetuán, como otros muchos barrios de aquella España, no hace tanto, donde los vecinos eran como parte de la familia y, en alguna ocasión, si había habido suerte también, sus majestades podían dejar algo en casa de la señora Segis o la señora Araceli.
Es curioso, escribo esto frente a la ventana y no veo ni un solo niño en la calle. Los niños, por aquí, no salen con su juguete a la calle. Hoy nuestros niños, nuestros hijos, habrán recibido no uno, ni dos, sino un cargamento de regalos que, en la mayoría de los casos, dentro de un par de semanas ni se acordarán de ellos. Por lo general ni los valorarán ni los cuidarán. En general no sabrán que cientos de miles de niños en el mundo no tendrán ni un sólo juguete hoy. La culpa no es de ellos, nunca es de ellos. La culpa siempre será nuestra, de sus padres. Parece que queremos darles más de lo que tuvimos nosotros y mucho más de lo que tuvieron nuestros padres.
Pero ¿son más felices ellos, ahora, de lo que fuimos nosotros entonces? ¿Se lo pasan mejor ahora que antes nosotros?
Son otros tiempos, sí. Hemos progresado, también. Pero hay ciertos valores que nunca deberían haber cambiado.

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